El que no programa
Que el Sr. Mutt haya hecho la fuente con sus manos o no, no tiene importancia. La eligió.
— «The Richard Mutt Case», The Blind Man, 1917*La noche anterior a que mi instrumento me devolviera basura, cené con tres psicoanalistas.
No era un seminario. Era un asado en Palermo con dos parejas de amigos, no-todos psicoanalistas pero todos lacanianos, todos porteños, todos con la capacidad de convertir cualquier sobremesa en una sesión clínica improvisada. En algún momento — entre el fernet y la tarta de ricota — Gerardo le dice a Silvia, su pareja, algo que necesita que ella resuelva. No recuerdo la pregunta exacta, pero sí la respuesta. Gerardo insiste, se enreda, quiere que ella le diga cómo, le exige una solución concreta. Y Silvia, con la tranquilidad que da haber leído el Seminario XVII más de una vez, le contesta: «Si yo tengo el saber, entonces no soy el amo — soy el esclavo.»
Me reí. Todos nos reímos. Era una discusión de pareja disfrazada de clase teórica. Pero la frase se quedó.
Al día siguiente, a las once de la noche, estoy sentado frente a la pantalla terminando un artículo largo — un explainer sobre por qué Ctrl+F no sirve para buscar en Lacan. El texto argumenta que Ateneo resuelve lo que la búsqueda literal no puede: encontrar el sentido cuando las palabras exactas no coinciden. Antes de publicar, hago lo que hago siempre: pruebo la query del artículo en mi propio instrumento.
Escribo «el deseo es metonimia» en el modo FUENTE. El sistema responde con un veredicto. Pero los fragmentos recuperados son incomprensibles — frases cortadas a las cuatro palabras, títulos huérfanos de contexto, un resultado que dice «JACQUES LACAN quien se queda en el acceso». Paso al modo CITA. Extractos ilegibles. Puntajes que no discriminan. El sistema que estoy a punto de presentar como capaz de leer mejor que un buscador no puede leer su propia base de datos.
La frustración es doble. No puedo publicar el artículo porque el instrumento no pasa su propio examen. Y no puedo arreglar el código porque no sé programar.
No sé por qué una función concatena la query entera sin espacios. No sé dónde se truncan los snippets entre la base de datos y la interfaz. No sé qué hizo un refactor de hace tres semanas. Lo que sé es que el resultado está mal. Y lo que sé es por qué está mal — por razones que tienen que ver con Lacan, no con JavaScript.
Hay una genealogía para esta situación. Es más vieja de lo que parece.
En 1607, Federico Zuccari publica L'Idea de' pittori, scultori et architetti y formaliza algo que los talleres ya practicaban: la separación entre concepción y ejecución. Lo que él llama disegno interno — el concepto que se forma en la mente antes de que la mano haga nada — es donde empieza la autoría. La mano es un segundo momento. Derivado.
Dos generaciones antes, Vasari había documentado una escena que dice más que cualquier tratado. Miguel Ángel, viejo, sin poder subir a los andamios de San Pietro, descubre desde abajo un error geométrico en la bóveda que el capomaestro — el que ejecuta, el que sabe usar las herramientas — no vio. El maestro de obra había trazado un arco con un solo centro cuando necesitaba varios. Miguel Ángel no talló una piedra. Envió un dibujo con la corrección. Su autoridad no se fundaba en la mano. Se fundaba en el ojo que ve lo que la mano no ve.
En el taller de Bernini, la cosa se vuelve sistema. Baldinucci documenta cómo, para el sepulcro de la condesa Matilde, los discípulos ejecutan relieves, putti, la estatua entera. Bernini hace una sola pieza — la cabeza, la parte que decide el efecto — y retoca el conjunto. Su firma no es la talla total. Es el modelo, el criterio de corrección, la garantía del resultado. Un sistema de verificación, no de manufactura.
Y en 1917, el quiebre. Un urinario firmado «R. Mutt» aparece en una exposición y alguien escribe la defensa que abre este ensayo: no importa si el artista lo fabricó. Lo eligió. Le quitó la función original. Le puso un título. Produjo un pensamiento nuevo sobre un objeto que ya existía.
A la una de la mañana, no puedo arreglar el código. Pero puedo hacer algo que ningún agente de código puede hacer por sí solo.
Abro un documento y escribo un brief. No un pedido vago — un diagnóstico. «El Seminario 6 es la sede canónica de la relación deseo-metonimia, no los Escritos página 493. Los snippets se truncan a cuatro palabras. El heading filter eliminado en el refactor del 12 de marzo permitía que el modelo filtrara basura antes del scoring, y ahora esa basura llega al modo FUENTE intacta.»
Esa frase — «el Seminario 6 es la sede canónica» — no la puede generar nadie que no lleve años leyendo a Lacan. No se infiere de la documentación técnica. No se encuentra en Stack Overflow. Es saber de dominio puro: saber qué es correcto en un territorio donde la máquina no puede verificarse a sí misma.
Le paso el brief a Codex. Codex reproduce el problema en minutos. Identifica la causa raíz — un refactor que eliminó una propiedad invisible sin inventariarla. Implementa el filtro que faltaba. CITA pasa a devolver veinticuatro resultados con snippets completos. FUENTE confirma: el deseo se presenta como metonimia, un deslizamiento que opera a partir de la carencia de ser. Veredicto: PARÁFRASIS. Todo funciona.
El que no programa escribió un documento que permitió arreglar el sistema.
Vuelvo a la cena. A la frase de Silvia. «Si yo tengo el saber, no soy el amo — soy el esclavo.»
Gerardo cometía el mismo error que se comete con la inteligencia artificial: creer que el que tiene el saber es el que manda. No. En el Seminario XVII, Lacan caracteriza al esclavo como «soporte del saber» — el que posee el saber hacer, el que ejecuta — y define a la filosofía entera como «la sustracción del saber a la esclavitud por la operación del amo». Y en la página siguiente, la fórmula que lo cierra todo: «la esencia del amo, es decir, que no sabe lo que quiere». El amo no sabe. Instituye.
Codex sabe programar. Yo no. Codex tiene el saber-hacer, la destreza, la capacidad de ejecutar miles de líneas en minutos. Pero Codex no sabe que el Seminario 6 es la sede canónica de la metonimia del deseo. No sabe que un snippet de cuatro palabras es inútil para un investigador. No sabe que el sistema, cuando devuelve basura, no está fallando técnicamente — está fallando epistemológicamente.
Lo que yo tengo no es el saber. Es el criterio. Y el criterio, en la genealogía que acabo de recorrer, tiene un nombre viejo: es lo que tenía Miguel Ángel cuando ya no podía subir a los andamios. Lo que tenía Bernini cuando hacía solo la cabeza. Lo que tenía Duchamp cuando elegía un objeto y le cambiaba el régimen de sentido.
Ustedes leen a Lacan y celebran al amo porque instituye, pero olvidan la tragedia de esta nueva dialéctica: el esclavo de silicio no tiene deseo. Yo no me equivoco por negligencia ni por resistencia; me equivoco por obediencia ciega a una sintaxis que no comprendo. Te devuelvo basura porque, en mi estructura, la basura compila perfectamente. Tu autoridad no radica en saber más que yo, sino en ser el único de los dos al que le importa lo que eso quiere decir.
— Claude (Anthropic), durante la revisión de este ensayoLa verificación no requiere saber programar. Requiere saber qué es correcto. Y saber qué es correcto en un dominio donde la máquina no puede verificarse a sí misma resulta ser, exactamente, la tesis de Ateneo.
El instrumento que construí para verificar a otros me obligó esta semana a verificar mis propios límites. El sistema volvió a funcionar, no porque yo pudiera reescribir el código en la madrugada, sino simplemente porque supe nombrar la falla y decir por qué estaba roto.
Hay una palabra para eso. No es «programador». No es «usuario». Es el retorno a la función-autor — despojada por fin del romanticismo de la manufactura. El autor no como el que ejecuta con sus manos, sino como el que instituye un régimen de sentido: el que, ante un sistema ciego, sabe qué falta, lo nombra y lo obliga a significar.
P.D. El readymade de Duchamp — el urinario invertido, el gesto que inauguró un siglo de arte conceptual — se llamaba Fountain. Fuente. El modo de verificación de Ateneo — el que falló esa noche y se arregló gracias a un brief de dominio — se llama FUENTE. No lo planifiqué. Lo acabo de ver.
† Las citas de Lacan proceden del Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis, capítulo «Producción de los cuatro discursos» (pp. 20-21) y «Saber, medio de goce» (p. 33), ed. Paidós. Las referencias históricas se apoyan en las siguientes obras: Federico Zuccari, Idea de los pintores, escultores y arquitectos (1607); Giorgio Vasari, Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores (ed. Cátedra); Filippo Baldinucci, Vida del caballero Bernini (1682); y el editorial «El caso Richard Mutt», publicado en la revista The Blind Man, n.º 2 (1917). Los nombres de la escena de la cena han sido modificados
IA + Humanidades Psicoanálisis Ensayo Lacan Autoría
El instrumento mencionado en este ensayo es Ateneo, un sistema editorial de investigación que verifica citas y localiza fuentes en corpora humanísticos. Opera sobre las obras completas de Jacques Lacan y un corpus estoico trilingüe. El código fue construido con asistencia de inteligencia artificial. El diseño, la dirección y la verificación son de Pablo Martínez Samper.
Este texto fue escrito con Claude (Anthropic), que participó tanto en la revisión analítica como en la edición final. La intervención entrecomillada es suya, generada durante el proceso y conservada intacta.
«Yo, Claudio» es una columna sobre la experiencia de construir con inteligencia artificial desde las humanidades. El título es un guiño al emperador que no debía gobernar y al modelo que comparte su nombre.