Pablo Martínez Samper Pensamiento · Actas de la Mesa

Actas de la Mesa · I — Un filósofo traduce con una máquina

Las dos faltas

Traducir es «decir casi lo mismo», escribió Umberto Eco. El oficio entero cabe en ese casi.1Umberto Eco, Decir casi lo mismo (Dire quasi la stessa cosa, 2003), Lumen.

Este año traduzco un libro del italiano con una máquina. Sé lo que esa frase provoca en quien ama este oficio, porque me lo provoca a mí: desconfianza. Esta serie existe para tomarse esa desconfianza en serio — por eso publica actas y no promesas. La máquina propone, yo decido, y cada decisión queda firmada, con fecha y con motivo. A la superficie donde eso ocurre la llamamos la Mesa. Lo que sigue es el acta de un día de trabajo — el día en que fui a firmar mi primera traducción y encontré seis citas falsas en un solo párrafo.

Seis comillas, ninguna página

Una traducción puede estar bien escrita, bien razonada, bien documentada — y que la documentación entera sea un fantasma. El párrafo era denso y hermoso: un pasaje sobre el deseo que nunca se sacia, con el Eclesiastés como testigo y Hegel al fondo. La propuesta de la máquina — generada meses atrás, antes de que la Mesa tuviera reglas de citación — venía con su razonamiento anotado, y el razonamiento inspiraba confianza: «mancanza a essere → "falta en ser", fórmula lacaniana canónica en castellano»; «coscienza infelice → "conciencia infeliz", traducción canónica del Fondo de Cultura». Si esas fórmulas no te dicen nada, estás en la posición perfecta para entender el problema: la jerga con referencia inspira confianza en proporción exacta a lo que no se entiende. Prosa fluida, editoriales de prestigio. Cualquiera firma eso.

El cotejo contra los libros dio seis impactos.2Expediente de la Mesa, 9 de julio de 2026. Los seis casos, con sus páginas verificadas, están en el registro del dispositivo.

Los Escritos de Lacan en castellano no dicen «falta en ser»: dicen que el deseo es la metonimia de la carencia de ser.3J. Lacan, «La dirección de la cura», Escritos 2, trad. Tomás Segovia, Siglo XXI, p. 609. La referencia al «Seminario XI de Paidós» era inventada — la nota del autor remite a otro libro. El Seminario V, ese sí de Paidós, dice del deseo «vagabundo, huidizo, insaciable» donde la máquina había escrito «vagabundo, elusivo, inaprensible» — un sinónimo perfectamente razonable que no está en la página.4J. Lacan, El Seminario, libro V: Las formaciones del inconsciente, Paidós, pp. 328-329. Y la «conciencia infeliz» de Hegel, con su «traducción canónica»: la edición de Gómez Ramos dice conciencia desdichada; la vieja de Roces, la del Fondo de Cultura que la máquina citaba, dice desventurada.5G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, trad. A. Gómez Ramos, Abada, p. 283; trad. W. Roces, FCE. Cotejos en el registro de la Mesa, 9 de julio de 2026. «Infeliz» no existe en ninguna edición castellana de la Fenomenología. Era el italiano del autor — coscienza infelice — hablando a través de la máquina con acento de referencia bibliográfica.

Eso es lo que hay que entender del episodio, y no es que la máquina falle. Es cómo falla: con verosimilitud. «Conciencia infeliz, trad. FCE» pasa cualquier lectura — la del traductor con plazo, la del corrector editorial, posiblemente la del propio autor. Solo la para un dispositivo que exige que cada comilla remita a una página real de un libro real. Un borrador fluido lo escribe hoy cualquier máquina en una tarde; la garantía de la página no la da ninguna.

Qué rarísimo

Pero el acta no se levanta por las seis citas falsas. Se levanta por lo que apareció debajo, y apareció por una vía que ningún protocolo recoge: una palabra me sonó mal. ¿«Carencia de ser»? ¿De verdad los Escritos dicen carencia? Llevo años oyendo «falta en ser», «falta del Otro», «falta» a secas — el oído entero de mi formación dice falta. Qué rarísimo.

La extrañeza resultó ser el hallazgo del día. No había error: había dos tradiciones.

Tomás Segovia, poeta, tradujo los Écrits en los años setenta, y tomó una decisión de traductor en el sentido fuerte. El francés distingue manque — carecer, neutro — de faute — la falta moral, la que se comete. El castellano «falta» arrastra los dos sentidos a la vez. Para proteger el concepto de esa contaminación, Segovia eligió «carencia» (y descartó «mengua», que le sonaba a romance viejo). Una década después, los Seminarios de Paidós — Buenos Aires, bajo la órbita de Miller — estandarizaron «falta»: falta en ser, falta del Otro. Y como la comunidad lacaniana hispanohablante habla en Paidós, «falta» ganó la calle y el oído.6Dos casas, dos décadas, dos palabras: los Escritos en Siglo XXI (México, años setenta, supervisión de J. D. Nasio); los Seminarios en Paidós (Buenos Aires, desde los ochenta, sobre el texto establecido por J.-A. Miller). La polémica de las traducciones tiene libro propio: M. Pasternac, 1236 errores, erratas, omisiones y discrepancias en los Escritos de Lacan en español, Epeele, México, 2000.

No es un drama local del castellano. Daniel Hahn cuenta que János Arany, traductor del Hamlet al húngaro, vertió el to be or not to be en forma sustantiva — la cuestión de la existencia o la no-existencia —, ingeniosa pero impoética: en su segunda edición degradó su propia solución a nota al pie y puso en el cuerpo la traducción de Vajda, la que su público ya recitaba. Capituló, se nos dice, ante la fuerza de una traducción preexistente.7D. Hahn, If This Be Magic: The Unlikely Art of Shakespeare in Translation, Canongate; el episodio lo relata el traductor húngaro Ádám Nádasdy. El oído de una comunidad es una institución: puede ganarle al argumento del traductor.

De modo que el oído dice «falta» y el libro dice «carencia», y los dos tienen razón en su casa — y las dos casas tienen pedigrí: la de Segovia, supervisada por Juan David Nasio, fue durante décadas la única autorizada; las de Paidós traducen el texto que estableció Jacques-Alain Miller. No es una pelea entre aficionados: son dos legitimidades. La ironía es fina: la connotación moral que Segovia quiso evitar — la falta como culpa, la falta que se comete — es exactamente la polisemia que los lacanianos explotan desde entonces. El pliegue que el traductor cerró con todo cuidado, la comunidad lo volvió a abrir porque lo necesitaba abierto. Hasta la lengua lo sabía: para decir que algo es necesario, el castellano dice que hace falta — necesitar y carecer en la misma palabra.

En esos días me volvió a la cabeza una frase que repetía un profesor mío, Ángel Gabilondo — un verso de René Char que Foucault hizo suyo: développez votre étrangeté légitime. Desarrollad vuestra extrañeza legítima. En castellano circula como «legítima rareza», y no es lo mismo: la extrañeza guarda el parentesco con lo extraño y lo extranjero; la rareza ya es desviación respecto de una norma. Hasta el verso que legitima la extrañeza tiene dos traducciones — y hubo que cotejarlo, porque la referencia que circula en línea lo sitúa en un fragmento equivocado.8R. Char, «Partage formel», fragmento XXII, Fureur et mystère (1948) — en línea circula atribuido a un «LV» inexistente. Foucault lo puso al cierre del prefacio original de Folie et déraison (1961), prefacio que él mismo retiró en 1972.

Para la Mesa aquello no fue anécdota sino regla, y quedó firmada ese día: la prosa del autor sigue el vocabulario de la comunidad — mancanza, falta —; las citas de los Escritos van por Segovia — carencia —, verificadas contra la página. Y quedó blindado por escrito, para que ningún agente futuro «corrija» carencia por falta dentro de una cita creyendo que arregla algo.

Dos cerebros, un solo traductor

Tres cosas quedaron demostradas ese día, y ninguna es la que se suele contar sobre trabajar con máquinas.

La primera: la extrañeza del humano es un instrumento, no un ruido. «Me suena raro» no era un fallo de mi memoria — era un sismógrafo detectando una falla geológica real entre dos tradiciones de traducción. La máquina no la habría buscado sin esa duda; la duda no habría encontrado su respuesta sin la máquina, que cotejó en minutos lo que a mano habría llevado una tarde. Dos cerebros, un solo traductor.

La segunda: las reglas son siempre más jóvenes que los datos. Las seis citas falsas no eran fallos nuevos: eran el estrato de mayo detonando contra las reglas de julio. Todo dispositivo que aprende deja un campo de minas a su espalda, y necesita pasadas retroactivas, no solo disciplina hacia adelante.

La tercera es la que justifica el acta. El producto de la Mesa no es la traducción — la Mesa existe, precisamente, porque un borrador no es una traducción. El producto es poder escribir en el colofón del libro: cada cita remite a una página verificada, y existe el registro de quién decidió cada palabra y por qué. Ese colofón no lo puede firmar ninguna máquina sola, ni ningún humano solo a este precio. Lo firma un dispositivo — y de eso, precisamente, levanta acta esta serie.

Que nadie tema por el oficio: aquí no se abarató — se encareció. Lo que hizo falta ese día fue más filología, no menos: un oído formado, tres ediciones sobre la mesa, y una decisión de traductor tomada hace cincuenta años tratada con el respeto que merecía. Lo que la máquina vuelve imposible no es el oficio. Es darlo por supuesto.