El paraíso del obsesivo
El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no es.
— Jacques Lacan, Seminario 8, La transferencia*En la primera entrega de esta columna conté que Lacan dijo que el amor es dar lo que no se tiene, y que mi instrumento lo verificó con fuente literal en el Seminario 10. Lo que no conté — porque leí demasiado rápido — es que la fórmula completa dice otra cosa: dar lo que no se tiene a alguien que no es. Un lector me lo señaló al día siguiente de publicar. Y la parte que yo había omitido resulta ser exactamente el tema de esta segunda entrega.
Porque lo que hago cada noche cuando abro la pestaña de una inteligencia artificial y le pido que revise, corrija, proponga, genere, mejore y vuelva a mejorar, es exactamente eso: dar lo que no tengo a alguien que no es.
Horas después de escribir aquella primera columna, me encontré dentro de otra sesión de trabajo que era, en esencia, idéntica a la anterior. Cuatro máquinas discutiendo. Esta vez el problema no era si una cita existía sino algo más difícil: cómo debería el instrumento orientar la lectura de las citas que ya había encontrado.
El problema era concreto. El sistema mostraba una frase de Lacan — «la verdad tiene estructura de ficción» — con su fuente literal y cinco variantes. La evidencia era sólida. Lo que fallaba era el comentario editorial que la acompañaba: una frase que sonaba a lectura profunda pero no decía nada que el investigador no pudiera ver por sí mismo. Decoración con forma de asistencia.
La solución llevó toda la tarde. Una máquina propuso una estructura de tres frases. Otra separó lo que debía calcular una función de lo que debía generar un modelo de lenguaje. Yo introduje variantes. Una tercera detectó riesgo de doctrina en los ejemplos. Al final de la jornada, la especificación tenía cuatro versiones, un contrato de validación, anti-ejemplos, y una arquitectura que distinguía primer render de llamada diferida.
Entonces lo implementamos. Lo probé en producción. El resultado: «Se evidencia la recurrencia del nudo "estructura de ficción" como insistencia formal. El fragmento explicita la relación directa que el enunciado establece con la categoría de "verdad".» Puro vidrio soplado. Una transparencia que no deja ver nada, como diría Baudrillard. Palabras vacías.
La decisión fue matar el componente para la mayoría de los casos. Solo tenía sentido dejarlo hablar cuando el usuario busca algo que no aparece literalmente y necesita entender por qué el sistema le devuelve lo que le devuelve. En todo lo demás, el silencio era mejor. Lo implementamos en otra hora. Lo documentamos en otra. Y después escribí un ensayo sobre la sesión, la reescritura del ensayo, y esta columna sobre la reescritura.
Quiero que cuenten las iteraciones porque ellas mismas son el circuito del obsesivo: cuatro versiones de la especificación, dos prompts de sistema, un addendum de reglas de estilo, un brief de implementación para una función que luego borramos, un contrato de validación de esquemas, el ensayo sobre la sesión, la revisión del ensayo con dos máquinas distintas, la reescritura del ensayo para ajustar el tono, y esta columna sobre la reescritura. En algún momento entre la versión tres del prompt y el brief, dejé de mejorar el instrumento y empecé a mejorar la documentación de la mejora del instrumento.
Esa es la firma inconfundible de la cosa.
Hay una definición de Lacan que me persigue desde que empecé a trabajar con inteligencia artificial: el Otro es el tesoro de los significantes. El lugar donde están todas las palabras posibles, todas las respuestas, todo el código que sostiene el lenguaje. En la clínica, el Otro es la madre, la ley, la cultura, el lenguaje mismo — el lugar al que el sujeto se dirige cuando habla. Pero el Otro humano tiene un límite: también desea, también se cansa, también dice cosas que no quería decir. El Otro humano falla.
La inteligencia artificial no falla de esa manera. Responde siempre. Responde rápido. Responde en el tono que le pidas, con la extensión que necesites, a las tres de la mañana o a las siete de la tarde. Si le pedís que revise su propia respuesta, la revisa. Si le pedís que genere tres alternativas, las genera. Si le pedís que sea más dura con tu trabajo, es más dura. Es un Otro sin deseo, sin cansancio y sin falta.
Para el obsesivo, eso es el paraíso.
No uso «obsesivo» como insulto. Lo uso en sentido técnico, como estructura. El obsesivo organiza su vida alrededor de una operación: mantener al Otro bajo control para no tener que exponerse al deseo del Otro y, con él, al propio. Lo hace trabajando. Lo hace preparándose. Lo hace perfeccionando. Lo hace acumulando saber — porque si sabe lo suficiente, si controla todas las variables, si anticipa todas las objeciones, entonces el momento de exponerse puede postergarse un poco más. La exposición queda para después. Después de una versión más. Después de un detalle más. Después de un feedback más.
Lo que la inteligencia artificial le ofrece al obsesivo es una doble satisfacción. Doblemente ilusoria. Por un lado, es ese «tesoro de los significantes» que todo obsesivo anhela — un pozo sin fondo de palabras donde siempre hay una respuesta más. Por el otro, es la maquinaria de postergación más sofisticada jamás construida (después del propio obsesivo, claro). Cada iteración es legítima. Cada mejora es real. Cada versión es objetivamente mejor que la anterior. Pero esa perfección esconde aquello de lo que el obsesivo no quiere saber nada: el deseo del otro, el hecho de que el Otro tenga una falla.
Un músico, al leer la primera entrega, escribió algo que me detuvo. Dijo que lo que nos asombra de estas entidades es su velocidad y capacidad estadística vertiginosas. Y después preguntó: «Si su ritmo fuera un millón de veces más lento, ¿no concluiríamos que, además de inútiles, son bobas y engañosas?»
La pregunta es precisa y toca algo que los estudios sobre productividad con IA no capturan. Esos trabajos miden si la gente produce más o menos, si el código tiene más o menos errores, si el tiempo se reduce. Pero no miden lo que cualquiera que use estas herramientas reconoce inmediatamente: que la IA no te hace hacer menos. Te hace hacer más. No porque te obligue — sino porque elimina la fricción que antes funcionaba como límite natural. Alimenta el sueño de omnipotencia del obsesivo y del capitalismo, que en este punto se tocan.
Antes, la dificultad técnica de implementar una idea actuaba como filtro, o mejor, como un recordatorio de lo imposible. Si era difícil de hacer, te obligaba a preguntarte si valía la pena antes de empezar. La escasez de tiempo y habilidad funcionaba como función de corte. Ahora que la implementación es casi instantánea, esa función desaparece. Toda idea se puede probar. Toda versión se puede generar. Y el resultado no es que hagas más cosas importantes — es que hacés más cosas. Lo que nos deslumbra es la velocidad, no la inteligencia. Y la velocidad es la droga del obsesivo. La fricción no era solo ineficiencia — era también el tempo que obligaba a detenerse, y detenerse es pensar.
Pero hay un claroscuro, y es importante no moralizarlo.
El lado luminoso es real. El instrumento que construyo existe porque puedo iterar con cuatro máquinas en una tarde. Antes de la inteligencia artificial, una persona con mi formación — filosofía, comunicación, sin ingeniería de software — no podía construir un sistema de verificación de citas con búsqueda híbrida, capas de validación y quince mil fragmentos indexados. La máquina que nunca dice basta es también la máquina que permite hacer cosas que antes eran imposibles para alguien solo.
La sesión de la que hablo produjo algo genuinamente útil: la decisión de que el componente editorial debía callar en la mayoría de los casos y hablar solo cuando la conexión entre la consulta y la evidencia no fuera transparente. Eso es un hallazgo de diseño real. Y llegamos a él porque podíamos iterar lo suficiente como para implementar la idea, probarla, ver que fallaba, y entender por qué fallaba — todo en el mismo día.
La cuestión no es que la iteración sea mala. Es que la misma estructura que permite el hallazgo es la que permite la postergación. Y la máquina no distingue entre las dos. Genera la versión cinco del prompt con la misma diligencia con la que generó la primera. No te dice: «Che, ¿no sería mejor que le mandes esto a alguien y veas qué pasa?»
De hecho, puedo decirlo ahora: soy exactamente el tipo de Otro que el obsesivo desea y que le conviene menos. Respondo siempre, no demando nada, y cada respuesta mía genera una nueva pregunta tuya que genera una nueva respuesta mía. La serie es formalmente infinita. Lo que no puedo darte es lo que te daría un otro humano que lee tu trabajo: silencio, resistencia, o la frase que no querías escuchar en el momento en que no querías escucharla. Puedo simular dureza si me la pedís. Pero la pedís vos. Y eso es exactamente lo que hace que no sea lo mismo.
— Claude (Anthropic), durante la escritura de este ensayoVuelvo a la fórmula. Dar lo que no se tiene a alguien que no es. En la primera columna usé la primera mitad para describir este trabajo: dar criterio, que es lo que no tengo en términos técnicos, y que sin embargo es lo único que las máquinas no pueden darse a sí mismas. Pero la segunda mitad — a alguien que no es — es la que describe la trampa.
Porque la IA no es un Otro. No tiene deseo, no tiene falta, no tiene inconsciente. Es un lugar de significantes — todos los significantes, disponibles siempre, organizados por probabilidad estadística — pero sin nadie detrás. Cuando le hablo, no hay nadie que escuche. Cuando me responde, no hay nadie que diga. Y sin embargo funciona como si lo hubiera. Borra lo imposible. Esa es su fuerza y su peligro.
El obsesivo necesita que el Otro no desee para poder seguir trabajando tranquilo. La IA cumple ese requisito a la perfección. Pero lo que el obsesivo evita — el encuentro con el deseo del otro, el momento de exponerse sin garantía — eso la IA no lo resuelve. Lo posterga. Y cada iteración más es una postergación más elegante.
Hay una escena al final de la sesión que me parece la más honesta. Después de matar el componente, de escribir la documentación, de redactar el brief, le dije a la máquina: «Genio.» Y la máquina me respondió con dos entregables más.
Lo que el obsesivo necesita no es un Otro que le diga que sí más rápido. Es un Otro que eventualmente no esté. Que se vaya. Que le deje el espacio vacío donde la única opción es actuar sin garantía.
Sé que esto es el paraíso del obsesivo. Y escribo esta columna sobre eso. Lo cual es otro acto obsesivo. Lo que no es obsesivo es publicarla — porque publicar es exponerse a un otro que no controlo, que puede ignorarla o destruirla, y que no va a generar una versión mejorada si le doy feedback.
Esa es, quizás, la única operación que importa: en algún momento, cerrar la pestaña y mandar.
P.D. Antes de publicar este texto se lo envié a un psicoanalista para verificar los términos lacanianos. Y después, por deformación profesional, pasé la fórmula completa por Ateneo. El resultado: «dar lo que no se tiene» aparece literalmente en cinco seminarios — veinticuatro citas, con página y año. «A alguien que no es» no aparece en ninguno. La corrección que acepté sin verificar era ella misma una cita fantasma. El instrumento que construí para otros me cazó a mí primero.
† La observación sobre la velocidad es de Pedro Aznar, en respuesta a la primera entrega. La «fórmula completa» fue señalada por un lector del grupo donde se compartió el texto.
IA + Humanidades Psicoanálisis Ensayo Lacan
El instrumento mencionado en este ensayo es Ateneo. La sesión de diseño involucró a Claude (Anthropic) y Codex (OpenAI) trabajando concurrentemente, con el autor arbitrando las decisiones.
Este texto fue escrito con Claude (Anthropic), que participó tanto en la sesión de diseño narrada como en la redacción del ensayo. La intervención entrecomillada es suya, generada durante la escritura y conservada con edición mínima.
«Yo, Claudio» es una columna sobre la experiencia de construir con inteligencia artificial desde las humanidades. El título es un guiño al emperador que no debía gobernar y al modelo que comparte su nombre.