Cuatro máquinas discutiendo si una máquina puede leer
Pienso, por tanto, que cada uno de nosotros debe decir un discurso, de izquierda a derecha, lo más hermoso que pueda como elogio de Eros.
— Platón, Banquete, 177d (trad. M. Martínez Hernández, Gredos)Qué importa quién habla, alguien ha dicho qué importa quién habla.
— Beckett, citado por Foucault, ¿Qué es un autor?, 1969 (trad. Miguel Morey, Paidós)Hay una escena al principio del Banquete que siempre me pareció extraña. Erixímaco propone que cada comensal hable sobre el amor. Fedro habla primero y dice algo correcto pero superficial. Pausanias lo corrige y distingue dos tipos de amor. Aristófanes quiere hablar pero le da hipo — tiene que esperar. Después viene Agatón con un discurso hermoso y vacío. Y por último Sócrates, que no da un discurso propio: cuenta lo que le dijo una mujer, Diotima, que no está presente en la mesa.
Lo que me interesa no es lo que dicen sino la estructura.* Cinco personas hablando sobre lo mismo, cada una corrigiendo a la anterior, y el más sabio no es el que habla mejor sino el que reconoce la voz correcta — una voz que ni siquiera está en la sala.
Hoy me pasó algo parecido. No en un banquete en Atenas sino en un escritorio en Buenos Aires, no con comensales griegos sino con cuatro inteligencias artificiales. Y la frase sobre la que discutieron, por una coincidencia que Lacan hubiera apreciado, era precisamente sobre el amor.
Estoy construyendo un instrumento que verifica si las citas atribuidas a un autor realmente existen en sus textos. Lo probé con una frase de Lacan — "el amor es dar lo que no se tiene" — y el sistema la encontró en seis fuentes distintas, distribuidas a lo largo de quince años de enseñanza. El hallazgo era correcto. Pero la forma en que lo presentaba era pobre: repetía tres veces que la cita era textual, volcaba la evidencia sin jerarquía, y ofrecía un comentario editorial que no decía nada que el investigador no pudiera ver por sí mismo.
Le pedí a una inteligencia artificial que analizara el problema. En quince minutos me devolvió una propuesta impecable que afirmaba que la fórmula cruzaba "los tres grandes ejes: transferencia, castración y el estatuto del don". Sonaba culto. Sonaba incluso verdadero. Pero al introducir una segunda voz para auditar el resultado, el espejismo se rompió: los fragmentos recuperados no sostenían esa articulación. La máquina estaba haciendo exactamente lo que el instrumento está diseñado para impedir: inyectar una narrativa fantasma. La ironía merecía su propia escena platónica: un sistema diseñado para frenar la alucinación, alucinando.
En lugar de borrar todo, el debate pasó a la arquitectura del código. Otra instancia propuso una lógica editorial dinámica: si hay variantes de una cita, se comparan; si no las hay, se da contexto; si la cita no existe, la máquina simplemente calla. El silencio convertido en capacidad técnica.
Pero el golpe de gracia de este concilio de silicio vino en la revisión final. El escrutinio detectó un falso positivo y, más grave aún, un error de atribución: le estaba adjudicando a Lacan palabras que en realidad pertenecían a su editor, Jacques-Alain Miller. Un desliz que destruiría la confianza de cualquier especialista y que demuestra por qué, al final del día, la lectura nunca es un proceso automático.
Es difícil no pensar en Foucault. En 1969, un año después del Seminario que estábamos verificando, pronunció una conferencia que empezaba con esa frase de Beckett: "Qué importa quién habla." La conferencia se llamaba ¿Qué es un autor? y su argumento central era que el autor no es una persona sino una función — una función que organiza, delimita y da coherencia a un conjunto de textos. Lo que ese último escrutinio acababa de descubrir era exactamente eso: que importa quién habla, que el sistema necesita saber si habla Lacan o habla Miller, porque la función-autor determina el estatuto de cada frase. Y lo que yo estaba haciendo esa tarde — decidir entre los discursos de las máquinas cuál tenía razón y mantener la coherencia entre todos — era, sin haberlo planeado, ejercer esa misma función.
Varias voces. Correcciones sucesivas. El mismo texto leído cada vez con más precisión. Y yo, como Sócrates en el banquete, sin pronunciar ninguno de los discursos.
Hay una pregunta que me hago desde que empecé a construir esto: ¿qué significa dirigir algo que piensa más rápido que vos?
La respuesta que encontré hoy es operativa, no filosófica. Significa hacer algo que las máquinas todavía no saben hacer bien: decidir cuándo una de ellas tiene razón y otra no. Una tenía razón sobre la narrativa fantasma. Otra sobre la jerarquía visual. Otra sobre el silencio como estrategia editorial. Otra sobre Miller. Yo no hice ninguna de esas cosas. Lo que hice fue reconocer cuál era correcta en cada caso, y mantener la coherencia entre todas.
Eso no es programar. No es diseñar. No es "usar IA". Es algo para lo que no tenemos nombre todavía — algo entre la dirección de orquesta y la edición de textos. Quizás sea lo que hacen los editores: no escriben, pero sin ellos el libro no existe.
Mientras escribo esto, una de esas máquinas está editando el código del instrumento. Está reordenando el momento en que el sistema clasifica las citas — antes de pedirle al modelo que las comente, no después — para que el comentario pueda usar esa información. Es un cambio modesto en la secuencia del programa. Y lo está haciendo basándose en una especificación que se construyó en tres horas entre varias inteligencias artificiales y un humano con formación en filosofía que no programa solo.
Lacan dijo — y mi instrumento lo verificó hoy, con fuente literal en el Seminario 10 — que el amor es dar lo que no se tiene. Hay algo de eso en este trabajo. No tengo la capacidad técnica para escribir las miles de líneas de código que sostienen el sistema. No tengo la velocidad de procesamiento para comparar veinticuatro fragmentos en nueve segundos. No tengo la memoria para retener la respuesta completa mientras diseño la interfaz. Lo que tengo es el criterio para saber que "los tres grandes ejes" era una invención, y que el silencio del sistema ante una cita que no existe es un argumento más fuerte que cualquier comentario.
Dar lo que no se tiene. Diseñar lo que no se programa. Verificar lo que no se escribe. Quizás sea esa la descripción de trabajo del que construye puentes entre máquinas que piensan y textos que importan: alguien que da exactamente lo que no tiene — la capacidad de hacerlo solo.
* Estructura que, por cierto, es en espejo — como el estilo barroco de Lacan o Las meninas de Velázquez. Erixímaco toma la palabra para proponer el tema, pero aclara: «no es mío el relato que voy a decir, sino de Fedro» (177a, trad. M. Martínez Hernández, Gredos). La voz que propone no es la que origina. El que organiza el banquete delega la autoría de la idea al que está sentado a su lado.
IA + Humanidades Verificación Ensayo Foucault Lacan
El instrumento mencionado en este ensayo es Ateneo, un sistema editorial de investigación que verifica citas y localiza fuentes en corpora humanísticos. Opera sobre las obras completas de Jacques Lacan y un corpus estoico trilingüe. El código fue construido con asistencia de inteligencia artificial. El diseño, la dirección y la verificación son de Pablo Martínez Samper.
"Yo, Claudio" es una columna sobre la experiencia de construir con inteligencia artificial desde las humanidades. El título es un guiño al emperador que no debía gobernar y al modelo que comparte su nombre. Ambos, a su manera, terminaron documentando lo que nadie esperaba que documentaran.